
El futbol hace lo que la política ni la religión pueden. El futbol saca a relucir los sentimientos nacionalistas del costarricense y congrega a una nación entera. Costa Rica es una nación que respira futbol y que en los últimos años se ha acostumbrado a los "éxitos" de su selección.
El futbol no comprende clases sociales ni dogmas. Cuando juega la selección nacional, el país se une en torno al rodaje del balón y las diferencias quedan a un lado. A falta de 10 minutos para que finalizara la eliminatoria, la tensión era máxima y el pueblo sentía que se lograba la proeza.
Por eso duele más. Como una vez dijo un famoso escritor, el destino puede ser despiadado con las mínimas distracciones. Una jugada que no llevaba peligro alguno, nos sentencionó. Tal vez fue justicia divina. La anotación de Jonathan Bornstein fue un dardo en el corazón de los ticos.
Se necesita cabeza fría para darnos cuenta que el boleto de repechaje no sólo fue inesperado, sino lo más justo.
Luego de una eliminatoria llena de irregularidades, Costa Rica se colaba de tercero, superando a un rival que lo aplastó en su duelo particular. Este era la última oportunidad de una generación de grandes jugadores hondureños, y el fallo de Pavón se hacía cada vez más grande. Pero la última jugada le brindó alegría al pueblo hondureño, mientras nosotros ya hacíamos maletas a Sudáfrica.
Cuando asistir a un mundial de futbol se nos hacía costumbre, la realidad nos golpeó en la frente. Nuestra arrogancia y sentimiento de superioridad no volverán a ser los mismos. Pasamos por México haciendo escándalo de un segundo "Aztecazo". No fue suficiente para callarnos. Cuando los de Aguirre visitaron Costa Rica, los tratábamos de indios y nos llevamos tres.
Nos han vendido que somos mejores que México, infinitamente superiores a Honduras, que solamente Estados Unidos nos supera - curiosamente es el que menos nos cuesta - pero los resultados de la eliminatoria hablan por sí solos. El último minuto resumió la eliminatoria como fue y nos posicionó donde merecimos estar.
Aunque no todo esté perdido, es un golpe a la nación, porque el costarricense espera ver una vez más a su país en un mundial. Duele porque todos esperamos ese primer partido en Sudáfrica para reunirnos con amigos y hacer una carne asada. Duele porque esos momentos sólo pasan cada cuatro años. Y duele más aún porque lo tuvimos, y lo dejamos ir.

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